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El principio de un gran amor

 

Hace casi siete años fuí madre, tuve un embarazo feliz, tenía tantas ganas de aquel niño, que me pasé el embarazo acariciándome la barriga y sonriendo para mí misma, esa sonrisa tan bonita que tenemos las embarazadas, tan hacia adentro.

El parto no funcionó como yo esperaba, en verdad, lo único que oscurecía un poco mi embarazo era pensar en el parto, le tenía pánico y cómo me daba miedo no me preparé para él, así mi parto no fue un parto natural, acabó en cesárea después de siete horas de oxitocina sintética, una de las prácticas que me había jurado no dejar hacer en mí, ni en mi hijo.

Recuerdo el pánico y el frío intenso en el quirófano, sóla, no dejaron entrar a mi pareja, sola con toda aquella gente, aterrada y aquel frío… la cesárea fue bien, cuando me lo mostraron no pude tocarlo, no me dejaron, vi a aquel niño que me pareció precioso y empecé a llorar de emoción y entonces se lo llevaron lejos de mi, lo veía pero no podía acercarme seguían operándome, lo oí llorar y algo se me rompió dentro, yo era su madre y no podía acercarme, mi hijo me necesitaba y no me dejaban abrazarle… me llevaron a la sala de recuperación, estaba drogada claro, pedía que me dejaran ir con él, que no, que el protocolo, me pasé dos horas llorando y luego supe que mi hijo se había pasado el mismo tiempo llorando en la incubadora, porque a pesar de haber pedido que hiciera piel con piel con su padre no nos hicieron caso y sólo se lo dieron cuando extrañado porque no lo llevaban a la habitación lo reclamó y se lo dieron vestido, ni eso pudimos hacer.

Dos horas después me subieron a la habitación, allí estaban los dos, me dio un ataque de risa histérica porque a mi hijo en brazos de su padre le habían puesto calcetines en las manitas para que no se arañase.

Por fin pude abrazarlo, por fin estaba con mi bebé, para entonces mi bebé dormía, no paraba de dormir, que le diera el pecho me decían las enfermeras y mi bebé dormía y dormía, pobrecito mío debía estar agotado, tantas novedades y tanto llanto nada más nacer, he llevado clavado eso mucho tiempo hasta que pude perdonar y perdonarme.
Así pues nuestra lactancia, algo que yo deseaba enormemente fue complicada, cuando nos pusimos a ello, él había perdido el reflejo y yo a pesar de desearlo, de haber leído mucho, era absolutamente inexperta, apenas había tenido contacto con madres lactantes, no sabía, pero tenía una cosa clara y era que mi bebé y yo íbamos a encontrarnos en esa lactancia.

Ninguno de los dos sabía, y así, mi subida de leche fue tremendamente dolorosa, no soportaba ni el camisón en la piel, el bebé no mamaba y yo estaba rebosante de leche, a punto de una mastitits una enfermera amorosa me ayudó, me enseñó como vaciar un poco el pecho en la ducha y creo que se tomó como un reto personal ayudarnos, así que venía cada dos pos tres a ayudarnos, aún así el día que debíamos irnos a casa nos avisaron de que si el bebé no cogía peso no podríamos irnos. Y esa preciosa enfermera a la que estaré eternamente agradecida redobló sus esfuerzos y por fin mi hijo empezó a coger peso, para entonces yo tenía ya una grieta grande en el pezón, y daba de mamar a mi hijo mordiéndome el puño, pero estaba feliz en medio de todo porque podíamos ir a casa y empezar nuestra nueva vida.

Dolía, dolía mucho a veces pensaba que se me caería el pezón, leí libros, me saqué leche, continuábamos con la lactancia, a pesar de todo, encerrada en casa porque no me atrevía a hacer una toma de aquellas en la calle, llorando.
Seguía empeñada en la lactancia, encontré un grupo de lactancia cerca y fui.
Fue mágico, de verdad, todas aquellas mujeres amorosas, todas con bebés, me ayudaron mucho, sus consejos, su energía, cuando salí de allí las tomas ya no eran dolorosas, a partir de aquel día empecé a sanar, tanto el pecho como el alma.

Me di cuenta de lo poderosas que somos en la maternidad y que para desarrollar eso necesitamos estar juntas, me di cuenta de que el puerperio es maravilloso sobretodo si estás acompañada.

Si sabes todas esas pequeñas cosas que nos llenan el día a día, si alguien te ayuda a distinguir lo que es normal de lo que no, esas cositas insignificantes que nos parecen enormes y que nos hacen pasar las noches en blanco, como ese ruidito raro que hace de repente nuestro bebé. Si alguien te dice que los granitos en los recién nacidos son normales, o que el color de la caca de un lactante es color mostaza (sí, yo no lo sabía) , si alguien te cuenta, te acompaña es infinitamente más fácil y empiezas a reírte de lo que antes te agobiaba.

Empecé a ser inmensamente feliz, jamás me he sentido tan bella, tan amorosa, tan en comunión con el mundo como entonces e increiblemente creativa, el libro Una Nueva Maternidad nació en el puerperio, con mi hijo en brazos, y sí da tiempo, da tiempo a todo si de verdad lo quieres.

He co-creado La maternidad feliz  y  Puerperio feliz. El placer de ser, porqué sé que es una etapa complicada pero que puede ser absolutamente maravillosa, porque yo lo tenía difícil y salté hacia adelante y se puede, de verdad que se puede y es tan fácil. Sí, cuando es fácil es muy fácil, pero puede complicarse hasta el infinito también.

 Me gustaría que todas las madres pudieran vivir ese momento desde esa sensación, me gustaría y necesito poner mi grano de arena para que esto ocurra.
Y porque poder hacer un curso así desde casa, cuando quieras a la hora que quieras, y tener acceso a personas que puedan ayudarte tanto en reuniones online semanales, como a cualquier hora desde un grupo privado en Facebook, es algo que cuando a mi me tocó no existía y lo habría agradecido muchísimo.

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Raquel Tasa 14 de Diciembre 2016

 

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